El significado de Año Nuevo

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Nos guste o no, el balance de fin de año se impone en conversaciones con amigos, con familiares y con compañeros de trabajo. Curiosamente, el resultado suele variar según el entorno. Confiamos en que, de las situaciones incómodas o difíciles, se ocupará la providencia. En ocasiones, nos decimos con delicadeza, la decepción se explica por la magnitud de las expectativas que tuvimos. Como cuando se recibe un regalo envuelto de manera magnífica (el año nuevo), nos defrauda que, a medida que el uso lo desgasta, el obsequio pierda valor. ¿Y si sospecháramos del año que empieza el lunes?

Estamos hechos para la esperanza.

En 1974 mi padre se había quedado sin trabajo. La pequeña empresa donde trabajaba había quebrado y, por un tiempo, él se dedicó a hacer changas, a cubrir vacantes en bares y restaurantes en el turno de la noche y a esperar que lo llamaran de alguna de las fábricas en las que se había presentado para completar planillas. Yo nunca había estado en una fábrica y por ese motivo una mañana le pedí que me llevara con él. Lo acompañé y, a la distancia, vi la fachada de un galpón enorme como un dinosaurio.

Mientras él iba a la oficina de personal (sector que ahora se conoce con el melifluo nombre de “recursos humanos”), lo esperaría en un bar de la esquina, donde él cumplía horarios los fines de semana. Mi padre, como yo, era alto, y la figura se mantuvo en el campo de visión hasta que entró por una puerta estrecha. Era absurdo que en un lugar donde trabajaban cientos de personas hubiera una puerta tan pequeña. Quizás se trataba de una especie de moraleja arquitectónica diseñada con la intención de aleccionar a los que pretendían abandonar el desempleo, el ojo de la aguja del trabajo formal, con aguinaldo, obra social y vacaciones pagas.

Una hora después, mi padre estaba de vuelta. Yo ya había dejado de mirar por la ventana y leía de manera concentrada una historieta que tenía el tamaño de un iPad. Todas las aventuras las protagonizaba un aviador llamado Lupin. Cada paseo al centro, aunque se tratara de un paseo obligado por la desocupación, traía aparejado una revista. ¿Mi madre debía enterarse de ese gasto? Mejor no.

En ese entonces, casi nadie tenía teléfono en el barrio donde vivíamos. Por ese motivo, mi padre había dejado el número de una vecina, doña Clementina, que era muy amable con nosotros. En el jardín de su casa florecían achiras, malvones y rosas con pétalos tan tiernos que daban ganas de masticarlos. Eran las vísperas de año nuevo y, como sucedía habitualmente, la casa se preparaba para recibir a tíos, primos y mascotas. Había que baldear el patio trasero. Estábamos en eso cuando “doña Cleme” (eran demasiadas sílabas para cualquiera de los vecinos del barrio) golpeó las manos en la entrada. Tampoco teníamos timbre.

Ella traía un papel diminuto en el que había escrito con lápiz un número de teléfono y el nombre de una persona desconocida a la que mi padre, el primer día hábil de 1975, debía telefonear. Cuando ese día llegó, supimos que había obtenido el puesto de trabajo. Como sabíamos de antemano, las vacaciones de ese año se postergarían hasta el año siguiente, o el siguiente.

A causa de ese episodio de la infancia, insignificante en términos colectivos, pienso que el año que viene puede ser mejor para los que esperan.

Fuente: La Nación