El aumento de peso podría considerarse como una consecuencia colateral que la mayoría de las personas está enfrentando a raíz de la cuarentena. Sin embargo, los profesionales se muestran cada vez más reticentes a la idea de seguir una dieta determinada, debido a su efecto contraproducente a largo plazo. En cambio, proponen otra “fórmula” para lograr resultados eficaces y sostenibles en el tiempo, y el confinamiento parecería ser el contexto ideal para llevarla a cabo.

¿Por qué comemos? Es la primera pregunta que nos plantea Sol Vilaro, coordinadora del programa de descenso de peso de INECO, y continúa: “En general, sabemos lo que tenemos que comer, pero no lo hacemos. La mayoría de las veces no comemos por hambre, sino que son las emociones las que disparan nuestra conducta alimentaria”. Y en este período en el que las emociones se encuentran a flor de piel, no se debe descuidar su efecto en la manera en que nos alimentamos.

Según una encuesta realizada por la Sociedad Argentina de Nutrición 6 de cada 10 argentinos (56,9%) admitieron haber subido de peso durante la cuarentena. Al estilo de vida sedentario y la actividad física reducida hay que añadirle el comer emocional. Por eso mismo, lo que sugiere la especialista de INECO es realizar un abordaje interdisciplinario: Con una disminución calórica y un aumento del gasto energético la mayoría de las veces no es suficiente porque es de difícil sostenimiento. El entrenamiento interdisciplinario en el que se fusiona la neuropsicología, psicoterapia y la nutrición, busca que la persona genere un cambio de hábito perdurable en el tiempo.

¿Cómo hacer para empezar a comer un plato de pasta en vez de dos? En primer lugar, es importante no pensar únicamente en lo que consumimos, sino porqué lo consumimos. “Cada individuo tiene una relación particular con la comida y un motivo que dispara su comportamiento alimentario. Encontrar la motivación interna no es sencillo y lleva tiempo, pero interpretar todo lo que rodea al plato es lo que nos permite iniciar un hábito”, indica Vilaro.

El mindful eating, o alimentación consciente es una de las prácticas que pueden resultar muy útiles para llevar adelante este proceso. Debido a las rutinas aceleradas previas a la cuarentena, la mayoría de las personas comían de forma automática, sin prestar la suficiente atención o estar verdaderamente presentes en el momento. Hoy con el confinamiento se replica este mecanismo ya que comemos frente a la tele o computadora, o tenemos la cocina disponible las 24 horas al día y comemos porque “estamos cerca”.

En este sentido, diversos estudios científicos demuestran como la falta de atención influye en la cantidad de comida que se ingiere. Los expertos sugieren comer sentados en un ambiente relajado y atender a nuestros sentidos. Por ejemplo, concentrarse en el sabor, la temperatura o el olor que percibimos de lo que estamos comiendo. Según la nutricionista, el tamaño del plato también puede ser un factor influyente: “Si se compara un plato grande y uno mediano, uno va a tener la sensación de que el grande tiene menos comida a pesar de que contengan la misma cantidad”.

 Por otra parte, el cuerpo tiene memoria, y este es otro elemento que repercute en la saciedad. Las personas tienen presente la sensación de saciedad que tuvieron en su ingesta anterior. Si uno recuerda que se pudo llenar en otra ocasión únicamente con una porción, no va a tener que cocinar de más por “miedo a quedarse con hambre”. Por eso es importante escuchar y procesar lo que nos dice nuestro cuerpo.

La cuarentena puede ser el momento indicado para crear un hábito saludable. Es una buena oportunidad para que, en vez de convencernos de esperar a que este período finalice para empezar la dieta, comencemos ahora a conectar de otra manera con nuestra alimentación, a ser conscientes de ella y entender por qué comemos cuando no tenemos hambre, y como consecuencia alcanzar el peso ideal.